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Sin propósito de Mark Cohen

Sin propósito de Mark Cohen

Me recomiendan Le Bal. Dos veces en un mes. Primero, la novela de Irène Némirovsky. ¿No has leído ‘El baile’? Danza mi dedo por entre los lomos dispuestos en fila en la primera estantería del segundo piso de la biblioteca municipal Sofia Barat de Barcelona. Eureka: está. Abro el libro, apenas cien páginas, pero cuántos centelleos en tan poco trecho. Aun veo a la chiquilla: lanzando las cartas al río de la vida. Desafiándola.

Marcho a París. “No dejes de ir a Le Bal”, me dicen. Decido ir caminando. Por azar parto de aquel Sena sobre el cual la niña ‘olvidó’ las misivas. Las avenidas elegantes dan paso a un entramado de calles populares por entre las cuales me pierdo. Pregunto: nadie sabe. Un chico que empuja un cochecito teclea Le Bal en su iPhone. Eureka: lo hemos encontrado.

Doblo tres calles: allá está. Es el espacio abierto por las gentes de Magnum Photos. Hay una pared roja. Sobre ella, escrito a mano con pintura de plata: ‘Mark Cohen. Dark Knees’. Las imágenes son sobrecogedoras. Hay chiquillos. Delgadez extrema. Inocencia. Algo de perversión. Hay también ancianos. Desdentados y ajados. Atrapados en su soledad. Podría ser desolación. Pero no es así: es poesía. Ahonda.

Leo en la pared: primera exposición en Europa del fotógrafo estadounidense Mark Cohen (Wilkes-Barre, Pennsylvania, 1943). Bajo unas escaleras. Una serie de imágenes en blanco y negro aparecen desplegadas en fila a la altura de los ojos sobre las cuatro paredes de la gran sala como si de los fotogramas de una película se tratara. Debajo de ellas, a la altura de las rodillas, rotuladas con la misma mano que ha escrito ‘Mark Cohen. Dark Knees’ a la entrada de la exposición, aparecen en frases contiguas la explicación de cada una de las imágenes.

Es un baile, una fiesta de imágenes y palabras. La primera que me atrapa es una camiseta retorcida. Twisted “T” shirt, leo debajo de la fotografía. Todos hacemos lo mismo: nos detenemos, miramos primero, leemos después, damos un paso, volvemos a detenernos, volvemos a mirar, volvemos a leer, damos un nuevo paso, y así hasta dar más de cien. Son como las páginas de un libro: el de la vida. Escrito en imágenes, fotografiado en palabras.

Mark Cohen callejea con una cámara chica por su ciudad minera. Nunca mira a través del visor. Cuando algo le atrae, acerca la máquina con el brazo y de un fogonazo atrapa el detalle al instante. Puede ser un torso o un trasero o unas manos o unas piernas o un hombro o una boca abierta o unas rodillas o una sombra o una actitud. El retratado se sorprende en el preciso momento en que la cámara se acerca y la mueca de estupor queda reflejada en todo su ser. Las fotografías componen un documento gráfico bestial sobre la humanidad. No puedo dejar de recrearlas dentro de mí. Se mezclan con la imagen mental que me he trazado de la protagonista de la novela de Némirovsky en el preciso instante en que se sorprende por lo que ha hecho. Extrañas afinidades electivas.

www.le-bal.fr

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