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Entre Escila y Caribdis

Rumbo a Grecia sin más. Primero hay que sortear varios escollos. Enfilamos hacia Carloforte, en el sur de Cerdeña. Es puerto amigo. Sus carquiñoles y fachadas pintadas en tonos pastel nos hacen sentir como en casa. Al punto estamos de bordear las islas Baleares cuando se desata un temporal Fuerza 7. El Mediterráneo es así: sorpresivo.

Desviamos la nave hacia el puerto de Pollença. Es un velero Furia 32, desprovisto de radar. Apenas queda hueco: decenas de embarcaciones se apiñan. Dentro y fuera. Lanzamos el ancla, una y otra vez. Pero garrea y vuelta a empezar. Hay que recogerla a mano: el molinete está averiado. Fallan las fuerzas. Buscamos nuevo refugio, lo encontramos al norte y mal dormimos. A las horas, el viento amaina.

Ahora sí, enfilamos de nuevo hacia la isla de San Pietro, donde Carloforte. Ahora también, deshacemos al fin las maletas. Aparece el libro prestado y luego olvidado. Es la Odisea vertida al catalán por Carles Riba. Lo abrimos y ya no lo cerramos. Salvo en la oscuridad. Como cuando atravesamos el canal de Sicilia: el negro de la noche aparece punteado de cientos de luces blancas, verdes, rojas y amarillas en esta gran autopista de buques mercantes a todo meter.

Nos adentramos en la lectura; el paisaje acompaña. Ahora fondeamos en la isla de Pantelleria, repleta de cráteres volcánicos hoy extinguidos. Luego doblamos Gozo y casi arribamos a La Valetta. Una nave militar decide entonces convertirnos en blanco de sus ejercicios de tiro matutino. Lanza pelotas de goma no más cerca de un radio de diez metros de nuestra embarcación, pero verlas impactar en el agua nos sobrecoge a cada disparo.

Contorneamos los tres cuernos del Peloponeso y desembarcamos en Kithera, una de las muchas islas que se atribuyen el nacimiento de Afrodita. Días atrás acabamos la Odisea, pero a cada rato revivimos la lectura en las muchas aventuras. Quedan olvidadas al recorrer el canal de Corinto. Navpaktos, antigua Lepanto, con su placa recordando que la batalla allí librada le valió a Cervantes el sobrenombre de manco, nos devuelve a otros mares.

Mas cuando llegamos al estrecho de Mesina nos topamos con Escila y Caribdis. Al principio, no le damos importancia. Abrimos el derrotero de aguas italianas y en la boca norte aparecen bien emplazados dos escollos marinos: Scilla y Charybdis. Recordamos las dos Rocas Errantes, antaño ninfas convertidas luego en monstruos, de las que Homero aseguró que nadie escapa sin quebranto alguno. Es de noche. Barcos de pasaje cruzan de lado a lado a toda prisa. Por prudencia, arriamos velas y encendemos el motor. Velocidad: seis nudos. De repente, el marcador señala cuatro, luego dos y al cabo menos uno. Caemos en la cuenta del flujo de mareas: la corriente nos es hostil.

A duras penas alcanzamos la boca norte cuando la superficie del agua adquiere una rugosidad nunca antes imaginada. Leo en el derrotero que es zona de remolinos y fuertes ráfagas de viento. Recuerdo a la divina Caribdis, que ingiere las aguas oscuras: las vomita tres veces al día y tres veces las sorbe con tremenda resaca. A un tiro de flecha está la cueva en que Escila vive haciendo sentir desde allí sus horribles aullidos.

El viento ulula y sudamos lo nuestro hasta remontar esta boca norte infernal. Continúa el temporal, y se nos aparece la isla de Vulcano, con ese cráter todavía hoy activo, por entre cuyas grietas se escapa un humo de olores fétidos. Más adelante, Stromboli: negra y enigmática. La sorteamos de noche, y cada veinte minutos vemos cómo la lava roja desciende por la ladera norte. La llamaron el primer faro del Mediterráneo, y cuenta Homero que guió a Ulises hasta la eternidad.

NOTA: Entre Escila y Caribdis. (Por alus. a los dos monstruos marinos que Homero colocaba en la boca del estrecho de Mesina). Expresión usada para explicar la situación de quien no puede evitar un peligro sin caer en otro. Fuente: Real Academia Española.

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