Bloc de notas

Lygia Pape Divisor

Dos minutos para Hemingway

“Dos minutos y basta”, dice saltando el hombre del tractor.

“¿Tan poco para Hemingway?”, suspiro en silencio.

Subimos al coche: tres adultos y tres niños. Por estos caminos, ¿quién nos va a parar? Tomamos el sendero de grava y al doblar la curva descubrimos: el pabellón de caza del barón Franchetti. Hay un canal y dos ‘casoni’, las cabañas típicas de pescador de la laguna caorletana. Hay también tres edificios rojos contiguos, uno principal, sencillo por fuera, señorial por dentro. Tiene un oso disecado con garras y dientes afiladísimos, muebles de marquetería, pinturas dieciochistas, un arsenal de puñales, fotografías blanquinegras amarilleadas por los tiempos… En muchas, Hemingway: sonriendo, con un fusil en la mano, en grupo, sobre una barquita, junto a su amigo distinguido, solo entre patos…

¿Dos minutos bastan? Han pasado muchos más. Los niños rugen sobre una alfombra de piel de guepardo; nosotras nos abstraemos ante la estampa de un explorador en tierras de África. “Es que fue muy amigo del emperador etíope Hailé Salassié”, justifica una voz.

“¿Ernest Hemingway?”, pregunto ingenua.

“No, Raimondo Franchetti”, me contestan sin más.

Fin de la visita. Porque van más de dos minutos, y el hijo del dueño anda con prisas. Dice que su padre adquirió el pabellón en los años setenta. Me maravilla la amabilidad con la que nos muestra la propiedad, que es privada. También el cariño con el que conservan el lugar.

La primera vez que llegué a Caorle quise huir: miles de hamacas alineadas y… cuatro millones de turistas al año. Ahora adoro estas tierras. Son como la ‘secca’, ese extraño juego entre el mar y la tierra: con el amanecer y el atardecer el Adriático se retira moldeando al azar ínsulas de arena siempre diferentes que te permiten correr sobre las mismas aguas. Hay dos Caorles: el del mar (el del Adriático y los turistas) y el de las islas (las dibujadas por la ‘secca’ y las de los pedazos de tierra colindante que invitan a evadirte). Equidistante entre Venecia, Trieste y Padua, en un radio de pocos quilómetros están las playas salvajes de Brussa, la mejor colección de camafeos romanos y San Gaetano, frecuentado por Hemingway para escribir entre ríos y árboles… y cazar patos.

San Gaetano no siempre ha existido. Antes era parte del fondo de la laguna. Hasta que los Raimondo lo colocaron en el mapa: el Viejo, el Explorador y el Joven, cuyos cuerpos yacen ahora bajo estas tierras, como nos recuerdan las lápidas colocadas en el lugar. El primero fue Raimondo Franchetti, casado con la baronesa austriaca Sara Louise Rothschild. Mandó cavar a finales del siglo diecinueve hasta sesenta quilómetros de canales para dragar las aguas de la laguna y ganar miles de hectáreas para la agricultura. Quién le hubiera dicho que también para el turismo, pues la tierra firme permitió construir una carretera por la que ahora transitan al año millones de automóviles.

Su nieto fue el segundo de los Raimondo Franchetti, un famoso explorador que hizo de Etiopía su segunda patria. Suyo es el pabellón de San Gaetano, donde se aficionó a la caza de ánades cuando no podía atrapar leones en África. Su hijo fue el tercero de los Raimondo: Raimondo Nanuk Franchetti, que heredó el ‘hobby’ del padre y lo compartió con su amigo Hemingway. El escritor dejó constancia de la belleza del lugar en la novela ‘Al otro lado del río y entre los árboles’. Gran parte de aquella belleza permanece, solo que como la ‘secca’ hay que saber dónde buscarla.

Esta entrada tiene 2 Comentarios

  1. Dos minutos de lectura estupenda. Menos mal que alguien me mostró el camino para encontrarla:)

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