Bloc de notas

Donald Judd

Chasquidos en Hamburgo

Son como chasquidos y resuenan por doquier. Sin aviso, sin más. De un doblarse repentino del paraguas, de un toldo mal tensado que te da cobijo, de un velero forzado a orzar al ganar casi la orilla. Al principio, te sorprende. Pero pronto aprendes a descifrar: es parte del léxico sonoro de Hamburgo. Una ciudad hecha de agua. De río, de lago, de canal. De telas que restallan al soplar del viento.

Pasean por sus calles peatones decididos con piraguas bajo un brazo y remos en el otro; asaltan el río portacontenedores descomunales; embarcaciones deportivas de todo tipo aparecen varadas en aceras. Las aguas son dulces, mas esta es en verdad una ciudad hecha al mar, solo que tierra adentro.

Apenas hay turistas en Hamburgo. Tampoco prisas. Son datos que sorprenden. Porque la ciudad se abre como un abanico a su puerto comercial. Cincuenta y cinco barcos mercantes fluyen a diario en este importante nudo logístico internacional. Más al otro lado de la orilla quién lo diría. Hamburgo sosiega.

El Museo de Historia de la Ciudad es un reflejo. El edificio es majestuoso. Dentro no hay colas. Tan solo una ancha escalinata que conduce sin más a una sucesión de estancias repletas de anécdotas que te cuentan muchas historias que componen la misma Historia. Como la del barril, precursor del contenedor, que equivalía a 32 ‘medidas grandes’ o 64 ‘medidas pequeñas’.

Grande o pequeña, dulce y salada, tal vez sea en la medida de las cosas donde resida la clarividencia de esta ciudad.

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