Bloc de notas

Desert photograph by Abbas Arabzadeh

Ahmed, el pequeño aviador

―¿Conoces la historia de Ahmed, el pequeño aviador?

―No, cuéntala.

Entonces el primer polizón tomó la palabra. Esto es lo que dijo:

Hace muchos, muchísimos años, en un pequeño oasis del desierto, vivía un niño empeñado en descifrar el sabor del mar. Por mucho que preguntara, nadie sabía responderle. Su abuelo aseguraba que el mar era tan vasto como el arenal, y que sobre él se formaban unas dunas que llamaban olas, pero nunca había probado sus aguas. Sabía que la curiosidad del nieto era mayúscula y cada noche le repetía:

―Mi pequeño Ahmed, recuerda siempre mis palabras: nunca marches más allá del sol del desierto. Son muchos los peligros que nos acechan en la oscuridad.

Había mañanas en que Ahmed se despertaba con decisión. Tomaba prestada la alforja del abuelo, la atiborraba de alimentos, cogía una bota, la llenaba de agua, y marchaba con sigilo, dispuesto a conocer el sabor del mar. Subía una duna, la bajaba, luego hacía lo mismo con otra, y así muchas más, como si fueran las olas del piélago. A veces vislumbraba en la distancia la sombra del abuelo, imponente, erguido, siempre oteando en dirección al horizonte, con la mano derecha como visera, montado sobre el camello Abbas. Se tiraba entonces al suelo, rezando a Alá para que no le descubriera. Pasaba así un buen rato. De repente, resonaba una voz interior: “Mi pequeño Ahmed, nunca marches más allá del sol…”. Regresaba entonces al oasis con resignación. “Cuando sea mayor, descifraré al fin el sabor del mar”, se aquietaba.

El abuelo sabía de las idas y venidas del pequeño Ahmed. Nada decía. Quería al muchacho como si fuera su propio hijo. Se había quedado huérfano al poco de nacer. Un día llegó al poblado un familiar lejano: el mercader Khuzayma. Le organizaron una gran merienda. La tía Aadab horneó pastelillos de miel y almendra. El tío Amr, que se había quedado lelo no se sabe muy bien cómo, fabricó aviones con papeles de colores y decoró la jaima. Aquel hombre tan viajado fue mucho lo que contó. Cuando el pequeño Ahmed le preguntó si le podía decir a qué sabía el mar, Khuzayma le tendió la mano, lo acompañó fuera de la tienda, señaló al firmamento y le dijo:

―¿Ves aquel candil a lo lejos? Se llama estrella polar. Síguela. Te llevará hasta el mar

―¿Pero a qué sabe?

―¿El qué?

―El mar.

―Depende de para qué lo quieras usar.

Khuzayma se encogió de hombros. Ahmed se fue a dormir. Ahora sabía qué dirección tomar. Al despertar, descubrió uno de los aviones de papel del tío Amr. Se había posado junto al lecho. Era del color del arcoíris. De repente, chasqueó los dedos y suspiró:

―Eureka, ya lo tengo.

El abuelo preguntó:

―¿Qué tienes?

―Construiré una avioneta.

―¿Para qué quieres una avioneta?

―Para volar hasta el mar. No sufras, abuelo. De tan rápida que será, marcharé al amanecer y estaré de vuelta al atardecer. Así no me acecharán los peligros de la noche.

Esa fue la nueva ilusión del pequeño Ahmed. Se levantaba cada mañana y recorría el poblado. Hurgaba entre la arena del desierto. Buscaba tornillos, planchas, cuchillos, alambres, cualquier objeto abandonado, por pequeño que fuera, de hierro y demás metales. Fue haciendo una montaña. En un año, la chatarra acumulada era tanta que la cima casi rebasaba la altura de la jaima. Un buen día, Ahmed se levantó y rebuscó entre los baúles. Le urgía encontrar el soplete que el tío Amr manejaba con tanta soltura antes de que un no-sé-qué le arrebatara la cordura. Cuando lo encontró, salió fuera y se dedicó a soldar las piezas de metal. Retumbó un pum-pum-pum ensordecedor desde el amanecer hasta el atardecer. Por la noche, una avioneta preciosa relucía junto a la jaima.

―Abuelo, ¿cómo puedo hacerla funcionar?

― El camello Abbas es más viejo que yo. Cuando esté a punto de expirar, te prestará su corazón. Verás como el bum-bum-bum de las arterías hace volar el aparato.

Entonces al pequeño Ahmed las ganas le jugaron una mala pasada.

―Abuelo, quiero mucho al camello Abbas, pero ahora también quiero verlo morir, por ver rodar las aspas de mi avión.

―Ten paciencia y aguarda. Las cosas siempre ocurren a su debido tiempo.

Sobraron más palabras. El pequeño Ahmed se limitó a vivir en el desierto junto al abuelo y el camello Abbas, viendo crecer y morir los días, semana tras semana. Un amanecer muy frío, un berrido despertó a toda la familia. Era el camello Abbas, agonizando junto a la estaca. El tío Amr desenvainó el puñal. De un solo tajo, abrió en canal al animal. El abuelo sacó a tiempo el corazón. Lo depositó en el avión, a modo de motor. Brum-brum-burm, las hélices empezaban a girar:

―Ahmed, corre, sube, vuela.

El pequeño trepó al aparato y se sentó al volante. La avioneta se alzó. El abuelo, la tía Aadab y el tío Amr se hicieron pequeños. El poblado se diluyó en la grandeza del desierto. La arena se confundió entre la inmensidad del agua. Al fin, ¡el mar! Una voz resonó en el interior del chiquillo: “Mi pequeño Ahmed, nunca marches más allá del sol…”. Pisó tan fuerte como pudo el acelerador. Persiguió al astro en su trayecto sin ver morir nunca el día. Volaba muy arriba. Sobre un mar azul repleto de olas. Hizo mil piruetas. Vio a cientos de aves batiendo sus alas. Danzó entre nubes de algodón.

Recorrió miles de millas. Todas en una jornada. Tanto fustigó a la avioneta que al sol veloz le salió un rival. Ahmed descubrió un piélago de islas, los géiseres de las ballenas, y un país enorme helado. Logró en un solo día dar la vuelta al mundo. Antes del anochecer, posó de nuevo la avioneta junto a la jaima.

―Bien, mi pequeño Ahmed, ¿a qué sabe el mar?

―Sabe a libertad, a aventura, a hallazgo, a abundancia, a júbilo. Pero también a soledad, a hastío, a yugo, a pérdida, a encierro. ¿Cómo puede ser que algo sepa tan bien y tan mal al mismo tiempo?

―Lo dijo el mercader Khuzayma, hombre sabio de tan viajado: todo depende para qué y cómo lo uses.

Esta historia ocurrió hace mucho, muchísimo tiempo. Cada anochecer, todos los niños llamados Ahmed juegan a contar las estrellas que brillan en el firmamento. Son el reflejo de todas las islas que caben más allá de la noche.

El polizón calló. Su compañero le sonrió.

―Gracias, Ahmed, por este cuento. No lo olvidaré jamás.

El buque mercante siguió, ajeno, su rumbo, camino de vuelta a Argel.

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