Bloc de notas

Turner

A bordo y al abordaje

Reposta el petrolero. Hay faena para rato. Tiene la panza vacía, y la entrada de hidrocarburos requiere su tiempo. Los hombres aguardan. Son tres. Uno pregunta: “¿Podéis llevar a este?”, y señala hacia el muelle de enfrente.

Cruzamos la pasarela. Cimbrea. Al tipo se le nota alicaído, pero es sosiego. Tiene la voz dulce, y todo en él es acompasado. Ayer faenaron dieciséis horas sin freno. “Pero eso no es nada.” Hay jornadas que son una: amanece hasta dos veces.

Se sienta en la camioneta. Le pregunto por su quehacer. “Somos una gasolinera flotante,” resuelve. Suministran combustible a los mercantes que amarran en el puerto. Van de un lado para otro: sus entrañas regurgitan hidrocarburos a demanda.

La cuadrilla es toda del sur. Ellos viven en el barco; sus familias, a cientos de kilómetros. Han dejado el coche en otro muelle, y quieren aprovechar el trajín para ir a por víveres. Falta les hace en la soledad del barco.

Estudió náutica, y se hizo capitán. Este es un buen trabajo. Lo duro era lo otro. Has de tener temple para dirigir a una tripulación. Hay marineros de todo el mundo: lo que es normal para uno ofende al prójimo. Hasta en la comida se sufre.

Hizo la pesca largo tiempo en aguas de Mauritania. Recuerda un día con detalle: cinco encapuchados armados sobre un cayuco propulsado por un fueraborda. Les amenazaron y se llevaron de todo. Todo: hasta la pasta dentífrica. Aun le tiembla la voz al narrarlo.

El noventa por cien del comercio mundial pasa por el mar. Solo que nosotros vivimos ajenos a este dato. El mar reproduce de forma exponencial lo que ocurre en tierra: la soledad es aun más soledad; el amor es más intenso; el odio es más visceral. Son infinitas las aventuras, tantas como olas, y danzan al mismo compás. Un mar es el mar, la mar: el de ayer, hoy y mañana.

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